El día que cumples 23 años, -y creedme, lo sé de primera mano-; te das cuenta de lo mayor que eres en determinados hechos de la vida cotidiana:
Te preguntan si estudias o trabajas.
Nadie te pide el documento nacional de identidad en la puerta de ningún garito.
Tu madre sonríe si encuentra el cabello de una chica entre tu ropa o carmín en la camisa.
Las viejas te llaman señor-, en lugar de niño o muchacho.
No quieres probar cualquier droga como unos años antes; y ya no experimentas sin valorar los riesgos.
Las quinceañeras te llaman también señor, y a ti te fastidia porque todavía te la levantan. Luego se dirigen a ti de usted, para preguntarte dónde queda tal o tal cosa como si les inspiraras confianza.
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